sábado, 23 de noviembre de 2013

El tiempo atávico II.












Siempre hemos compartido, primero por intuición y luego por devoción, las teorías acerca de los atavismos del mundo rural español que tan magistralmente nos describe el escritor Borja Cardelús y Muñoz-Seca.

Condenados como estamos al siglo de la fibra óptica hemos olvidado nuestra más genuina esencia. Esa que nos hizo perdurar como pueblo durante milenios.

El periodo que comprende desde el Neolítico hasta prácticamente los años cuarenta del siglo XX fue un espacio temporal en el que no se movió el motivo ni el saber hacer de la vida rural de esta tierra, a mitad de camino entre la meseta central ibérica y las primeras sierras subbéticas andaluzas. Exactamente el territorio que ocupo la antigua Oretania ibera en la actual provincia de Jaén

Siempre se dijo que el más rico era el que menos necesitaba, pues bien, esas eran los pilares donde se sustentaba la vida en el campo.

Tener asegurado el condumio, el vestido y un techo donde guarecerse. Esas eran todas las necesidades y todos los lujos. Todo lo que viniera después se apreciaba hasta la sublimación, por muy nimio que fuera.

Finalizamos Noviembre y con el, el Tiempo Ordinario de la Iglesia. El uno de diciembre comienza un tiempo de alegría. El año litúrgico por El Adviento.

El Adviento es un tiempo de cuatro semanas en el que se prepara la venida del Mesías. La llegada de Jesucristo.

En estos días un frió demoledor subiría del llano al antiguo ensanche del San Isteban gótico.

Las viandas de la matanza se colgarían en lo más alto de las casas al frio curador.

La tierra calma recibiría las lluvias para que las semillas de cereal empezaran a germinar y las olivas doblarían sus ramas llenas de aceituna madura, esperando su vareo y recolecta.

Cada época su labor, su devoción y su esperanza.

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© Fotografías de autores desconocidos. Reproducción divulgativa.